La Luna es el satélite natural
de la Tierra, y describe su órbita a una distancia
de 384.403 kilómetros de nuestro planeta, a
una velocidad media de 3.700 km/h. Su diámetro
es 3.476 kilómetros (aproximadamente una cuarta
parte del de la Tierra) y su volumen es cincuenta
veces menor al de nuestro planeta.
La gravedad lunar tiene una fuerza equivalente a un sexto de la gravedad terrestre. Esto hace que nuestro satélite no posea atmósfera propia, ya que cualquier gas en su superficie escaparía al espacio exterior, y que su superficie esté expuesta al bombardeo constante del viento solar, los rayos cósmicos y los meteoritos.
Tanto la rotación de la Luna sobre su eje como su revolución alrededor de la Tierra duran 27 días, 7 horas, 43 minutos y 11,5 segundos. Esto se debe a la distribución asimétrica de la masa en el interior de la luna, lo que permite a la gravedad terrestre mantener un hemisferio lunar permanentemente orientado hacia nuestro planeta.
Desde la Tierra, sólo puede verse en un momento
determinado un 50% de la superficie total de la Luna.
Sin embargo, desde mediados del siglo XVII, han sido
detectadas pequeñas oscilaciones, denominadas
libraciones, que permiten observar un 9% adicional
de la superficie alrededor del borde aparente o limbo
de la Luna. Las libraciones se deben al efecto de
la gravedad solar y la excentricidad de la órbita
terrestre, que perturban la órbita de la Luna
y permiten la preponderancia cíclica de las
oscilaciones en las direcciones norte-sur y este-oeste.
La Luna es el objeto más grande y brillante
del firmamento nocturno. Incluso a simple vista, puede
observarse que la estructura de su superficie es muy
variada. La existencia de numerosos cráteres
y extensas planicies, denominadas mares, fue descubierta
por Galileo Galilei con su telescopio en el año
1609. A pesar de su nombre, los mares lunares no están
formados por agua.
Cuando se observa la Luna con binoculares o con un
telescopio, resulta interesante fijar la atención
en el terminador, es decir, la línea que separa
el día y la noche en la superficie lunar. El
terminador es la región donde los rayos solares
iluminan la Luna en un ángulo máximo
de inclinación, y por lo tanto, allí
la longitud de las sombras es la máxima, lo
cual aumenta el contraste visual de las características
de la superficie lunar.
Considerando su tamaño, la Luna es poco común
comparada con las demás lunas de nuestro sistema
solar. Casi todos los planetas son mucho más
grandes que sus satélites, con la excepción
de Plutón y la Tierra, que son apenas cuatro
veces mayores que sus lunas. En comparación
con los gigantes gaseosos como Júpiter y Saturno,
que son 40 ó 50 veces más grandes que
sus satélites, nuestra Luna y la Tierra casi
podrían ser considerados como un planeta doble.
La Luna es el único objeto del sistema solar
que ha sido visitado por seres humanos. De 1969 a
1972, la NASA envió seis misiones Apollo hacia
la superficie lunar, que fue pisada por doce hombres
en total. Durante su alunizaje, los astronautas realizaron
numerosos experimentos y tomaron muestras de rocas
lunares, que luego fueron traídas a la Tierra.
A finales de 1996, un grupo de científicos
estadounidenses anunció la posible existencia
de agua helada en la cara oscura de la Luna. El descubrimiento
se basó en las señales de radar enviadas
en 1994 por la sonda Clementine a la superficie lunar.
En marzo de 1998, la NASA anunció que los datos
obtenidos por la sonda Lunar Prospector, lanzada dos
meses antes, parecían confirmar la existencia
de agua helada en el satélite. En julio de
1999 se provocó el impacto de la sonda contra
un cráter de la superficie lunar, con el fin
de poder comprobar esta hipótesis. Dos meses
y medio más tarde, tras un intenso análisis
de los datos obtenidos a partir del impacto, la NASA
reconoció no haber encontrado rastros de agua
en nuestro satélite, aunque no descartó
totalmente la teoría sobre la posible existencia
de agua en la Luna.